Condiciones de trabajo: desarrollo y control
Condiciones de trabajo: desarrollo y control
Testimonio de Rubén
Juan Díaz, ex obrero naval y fundador del CET, para el capítulo Grupos de
Riesgo Área Laboral, Sector Industrial, recopilado en Anteproyectos varios de
interés actual, Senado de la Nación, Dirección Comisiones, 1987.
Anteproyectos
varios de interés actual. Senado de la Nación, Dirección Comisiones, 1987
Transcripción:
“Lo que ocurre en mi caso personal es que trabajé en
el Instituto de Medicina de Trabajo e integré una comisión obrera de control
de la higiene y la seguridad. Entonces puedo tomar los dos aspectos del
problema que a mi modo de ver son centrales.
Uno de esos aspectos son las condiciones de trabajo
en que los obreros desarrollan sus tareas. El otro es la manera en que los
mismos obreros pueden ejercer el control de esas condiciones de trabajo. Esto
es fundamental, porque el trabajador ya no está delegando su confianza en la
patronal o en el Ministerio de Trabajo o en la posibilidad de que un médico de
fábrica sea bueno.
Esto lo digo porque cuando un trabajador entra a una
fábrica no sabe en qué condiciones de salud está. Por ejemplo, para entrar a
una fundición puede ser que a la empresa no le interese mayormente el estado
de salud de este futuro obrero; si está un poco enfermo igual entra. Esto depende
de las condiciones que exija la empresa. En otros casos la salud del futuro
operario debe ser óptima.
En este momento, como sobra mano de obra se
selecciona mucho al personal. Las empresas se pueden dar el gusto de elegir
las edades. El estado físico y el nivel de educación son aspectos que toda
empresa tiene en cuenta, pero según las épocas se hace más o menos hincapié en
eso. Por ejemplo, en cierto momento se pedía gente de entre 25 y 35 años. En
períodos de alza en la combatividad de los trabajadores no querían gente de
menos de 35 o 40 años; convenía, además, que la gente fuera casada y con hijos.
El ambiente de trabajo es un aspecto fundamental que
hay que investigar mucho, porque realmente en la Argentina actual las
condiciones en que los trabajadores desempeñan sus tareas es una olla podrida
que de algún modo hay que empezar a destapar.
En el caso de la minería el 80 por ciento de los
trabajadores tiene problemas pulmonares, no sólo uno sino varios:
neumoconiosis, enfisema, etcétera. Pero además hay problemas cardiovasculares,
óseos, algunos producidos por el ruido, psicopatológicos derivados de las
condiciones de trabajo y también de las condiciones de vida. El estudio de
todos estos factores tiene que hacerse con un criterio totalizador. Fueron
experiencias que se comenzaron y que habría que haber continuado. Por ejemplo,
un obrero minero sabe que su futuro es la muerte. No sabe a qué edad puede
ser: a los 40, a los 50 años, o puede ser que a los 50 años no le llegue la
muerte pero quede inválido. Porque la neumoconiosis en determinado grado es
irreversible; el minero no puede volver a trabajar mientras viva.
Para el trabajador eso representa el hecho de que
finalmente se acomoda a lo que le espera, vale decir que lo ve como una
fatalidad. Y aun sabiendo que se va a morir, en algunos casos prefiere no
pelear. Esto configura un grave cuadro psicológico: además del miedo a
represalias por parte del empleador, hay una cuestión que está en la parte del
salario que conforma la falta de 111 fortunios.
Digo esto porque en la época de Martínez de Hoz una
buena parte del salario estaba dada por la asistencia al trabajo y por el
premio a la producción. perder un día de trabajo significaba perder una buena
parte del salario, y entonces preferían ir al trabajo. Actualmente pasa algo
parecido. No se denuncia un accidente y se continúa en otras tareas. Esto es
muy frecuente en las empresas. Hay algunas importantes, en la Argentina, que
publicitan el hecho de que hace 200 o 300 días que no ocurren accidentes. No es
que no ocurran accidentes sino que no han sido denunciados. Sucede que al no
ser un accidente relativamente grave, los obreros van al trabajo y allí hacen
otras tareas. Entonces, "no hay accidentes".
En nuestro país no hay estadísticas prácticamente
sobre nada relacionado con salud. En la OMS y en la OIT la Argentina figura en
blanco.
Me parece que en la Argentina una condición básica
en este momento es la puesta en práctica, a través de los organismos
sindicales, del Estado o de las propias comisiones internas, cuerpo de
delegados, seccionales, etc., de la participación obrera en el control de la
producción. Porque no hay garantía de que el Estado o las entidades sindicales
se ocupen de eso. El artículo 14 bis de la Constitución es claro en cuanto al
control de la producción. Yeso significa mucho, en líneas generales. Es mucho
más que el control obrero de las condiciones de higiene y seguridad: significa
también el control de la producción y la participación en las ganancias.
Entonces, la filosofía general ampararía el hecho de
las comisiones internas. Pero no sé dónde se desarrolla esa cuestión o si es
comprendida cabalmente por las organizaciones o por el propio trabajador.
Teóricamente, a: través de esas comisiones se generarían hechos muy
importantes dentro de la organización de los trabajadores.
Pero esto que digo sería teórico si yo no lo hubiera
vivido; la experiencia que nosotros tuvimos fue muy importante aunque no haya
sido larga, sobre todo la transformación que de alguna manera sufrimos todos a
través de esa experiencia.
Una de las claves es que haya paritarias. Ahí puede
ser que se discutan problemas salariales. Para discutir condiciones de trabajo
es necesaria una preparación: en principio la comprensión de la ley (la 19.587)
y luego las condiciones particulares en que se desenvuelven los trabajadores en
determinados gremios. Esas condiciones son muy diversas porque en un mismo
gremio puede haber empresas con maquinarias obsoletas y otras con maquinarias
en buenas condiciones.
Puede ser cierto que con la lucha por lograr la
insalubridad se esté cambiando salud por plata. Tal vez en este momento no se
puedan brindar soluciones muy importantes, pero la experiencia nos indica que
en el astillero, mientras funcionaron las comisiones de seguridad e higiene no
ocurrieron accidentes graves en ningún caso. Hablo, por lo menos, de los dos
astilleros más importantes de la zona, Astarsa y Mestrina, cuando habitualmente
era bastante común o un "signo" del gremio que cada barco se llevara
uno, dos o tres muertos.
A partir de nuestra gestión se empezaron a mejorar
inclusive las condiciones de la producción. Se modificaron algunos aspectos de
ésta. Por ejemplo en el astillero donde yo trabajaba funcionaba, por supuesto,
la sección Arenado. En ella se usaba arena para pulir los metales, para después
pintarlos. Era la manera más fácil de hacerlo. Esa sección se encontraba en el
medio del taller. Pero gente que estaba en un radio de 20 o 30 metros también
sufría los problemas de la silicosis. Había que cambiar entonces esa situación
o de lo contrario toda la gente que estaba ahí tenía que obtener la
insalubridad de su tarea, aunque su trabajo específico no lo fuera. Y el
astillero decidió cambiar esa situación.
La situación particular de cada trabajador se
discutía con el cuerpo de seguridad de la empresa. Este cuerpo estaba formado
por técnicos en seguridad. Además nosotros teníamos nuestra comisión obrera de
control de seguridad. El Instituto (de Medicina del Trabajo), en el momento en
que yo me desempeñaba ahí, asesoraba a los trabajadores -a través de las
comisiones obreras, cuerpos de delegados, etcétera- sobre condiciones de
trabajo. Se dictaban cursos, seminarios y se investigaba. Además, la
Universidad Tecnológica Nacional tenía sus propios técnicos, que trabajaban en
conjunto con nosotros y efectuaban inspecciones en fábricas.
Una cuestión que surge bastante a menudo, con
respecto a ciertos trabajos insalubres, es de qué manera un empresario puede
resolver los problemas de ruido, por ejemplo, en determinada sección de la
fábrica, ya que si tuviera que adaptar totalmente las máquinas productoras de
ese riesgo que es el ruido, el costo sería tan elevado que tendría que cerrar
la fábrica para poder cumplir con la legislación.
El planteo, a mi entender, es tremendista. Lo que
sucede es que jamás se llega al punto de medir cuáles son los parámetros
viables para la salud del trabajador y tampoco se llega a modificar la
maquinaria. En países más adelantados la modificación de las máquinas la hace
fundamentalmente el propio trabajador. Este vive una intimidad con la máquina;
es el único que la conoce casi a la perfección, y los que la diseñan también,
porque si bien son trabajadores tecnificados, son trabajadores al fin.
Entonces el operario es el único que la puede hacer producir y también no
producir.
Esto lo podemos ejemplificar así. Actualmente
trabajo en una carpintería. Si yo tuviera tiempo y el patrón tuviera ganas de
emplear determinado tiempo en modificar la máquina que manejo, lo lograríamos
juntos. Es decir, habría que ver la manera de que esa máquina fuera menos
ruidosa, menos peligrosa, que sus contaminantes derivaran hacia otro lado. En
un establecimiento donde son muchas las máquinas que producen ruido, siguiendo
con el ejemplo anterior, habría que llegar, de alguna manera, a esos parámetros
y no a que el empresario pensara que es mejor cerrar la fábrica. No creo que el
propietario de las máquinas acceda a eso sino que, más bien, tiene que ser
"accedido", de alguna manera, llevándolo a ese terreno. De lo
contrario, jamás él, por sí mismo, va a determinarlo. Porque de hecho su
mentalidad hace que entre la productividad y la salud del trabajador se quede
con la productividad. No sólo en la Argentina sino en muchos otros países
existe esa mentalidad. Habría que llevar al empresario a cierto grado de
comprensión del problema.
Se dice por ahí que en las empresas grandes, por
ejemplo en las automotrices, no hay actualmente un solo caso de saturnismo.
Pero hasta hace unos diez años, en la sección Pulido de una gran empresa
automotriz, donde trabajaban alrededor de 800 operarios y se pulía la
carrocería con estaño, que contiene plomo, la situación era muy grave.
Solamente mencionar el hecho del pulido está ligado al saturnismo. Los
operarios contaban que todo era gris en el taller: las ropas, las caras de
ellos. La última reunión importante que tuvimos en el Instituto en el 74 fue
con esa gente. Ellos se dirigieron a nosotros porque a través de un volante
habían circulado noticias sobre las consecuencias que produce el saturnismo.
No pudimos satisfacer mucho su pedido porque ya nos íbamos. De todas maneras,
meses después me enteré de que esa sección había parado por el problema del
plomo. Y entonces optaban por derivar el trabajo a una empresa que
contrataban, para que ese trabajo se hiciera afuera. Pero el problema
subsiste. Puede ser que actualmente el contacto haya disminuido porque trabajan
en cámaras bastante aisladas. De todas maneras, nadie se encarga de la gente
que hace el trabajo afuera.
Otro problema relacionado con las condiciones de
trabajo se refiere al cumplimiento de las normas legales. Escalonar la
obligatoriedad de cumplir con dichas normas es un criterio que, en principio,
no me parece malo. Es una posibilidad. ¿Cómo se podría poner en práctica?
Sabemos, por ejemplo, que en los mineros el problema más grave es el
neumoconiótico, además de otros que también revisten especial importancia.
Entonces, atacar esa primera o primeras enfermedades y luego seguir con las
otras estaría bien. Pero hay que hacerlo. Sabemos que hoy, en nuestro país,
prácticamente no se ataca ninguna de esas enfermedades en ninguna rama de la
producción.
Es cierto que se hacen o deberían hacerse
inspecciones para controlar el cumplimiento de la legislación. Pero tengo la
impresión de que esta cuestión está bastante viciada. Creo que, en líneas
generales, no hay otra posibilidad, con respecto a la situación en la
Argentina, como no sean las comisiones obreras, ejerciendo cierto derecho en
el ámbito del trabajo.
Esto de la participación obrera es fundamental para
mejorar la situación. Además, no es que al trabajador le guste trabajar 10 o 12
horas diarias sino que está obligado a producir, porque es su vida. En cuanto
al resto, no estoy seguro acerca de si determinados industriales siguen
produciendo porque sí, porque están ganando mucha plata y no lo dicen o si
prefieren derivar sus ganancias hacia la especulación. Eso no lo sé bien. Y el
trabajador es tratado, como sabemos, sin grandes derechos.
Con respecto a la atención médica del trabajador, si
éste no confía en los organismos patronales, el médico de fábrica o la clínica
de fábrica, le queda el recurso de las obras sociales de los sindicatos. Pero
ése es otro problema.
En líneas generales la socialización de la medicina
es un gran avance respecto de lo que era la estructura médica en la Argentina.
Sin embargo, para el trabajador hay una cosa que le falta cumplir, y es la
relación médico-paciente. En la socialización de la medicina esta relación
prácticamente no existe. La empresa de curar y curarse hace la relación entre
el médico y el paciente. Es una empresa común. Pero voy a esto: la relación
médico-paciente es siempre una relación íntima, precisamente porque es una empresa
común en la cual hay que salvar o curar a una persona. Y no solamente es el
hecho de curar el médico sino de curar-se, curar-me. Entonces, la socialización
de la medicina tiene como defecto el hecho de que esa relación médico-paciente
casi no existe, porque hay muchos especialistas, el paciente pasa por muchas
manos, etcétera.
Pero además, en el caso de las enfermedades
profesionales, el trabajador profesional está expuesto a un sinnúmero de
problemas dentro de la fábrica. No existe solamente el riesgo que puede
producir inconvenientes de orden físico sino que hay muchas posibilidades de
sufrir problemas psicológicos que pueden acarrear determinado tipo de trabajo,
las tareas repetitivas, la fatiga, el estrés, los constantes cambios de
horarios, etcétera.
Por estos motivos la relación médico-paciente debe
ser muy cercana, para que de alguna manera el médico empiece a conocer el
cuadro general de la salud del trabajador.
Además, como el trabajador no tiene por sí un
control médico, nunca sabe en qué condiciones se encuentra, ni cuando entra a
una fábrica ni cuando lo revisa el médico de la patronal, de dentro o de afuera
del establecimiento, ni cuando concurre a la obra social. Se encuentra, de esta
manera, totalmente desamparado.
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